El Que Lavó Mis Pies

Admito y no niego que me hago pedicuro de vez en cuando, bueno, una vez a la semana. Jaja. En el proceso que conlleva este acto, me detuve un momento, y admito, tenía vergüenza de que una persona extraña me estuviera lavando los pies. Me pareció algo muy inusual y raro que alguien que no me conoce, estuviera sentada en una silla más baja de lo normal, lavándome los pies. Me asombré enserio y sin bromas, de este hecho.

No podía creer lo que estaba pasando. Y en ese momento me hice una serie de preguntas, ¿estaría yo dispuesto a lavar los pies de un extraño?, si lo hago, ¿qué sentiría en ese momento?, o ¿qué estaría sintiendo la persona al lavarme los pies?, ¿qué sintió Jesús cuando lavo los pies de sus discípulos?, ¿qué sintieron ellos cuando su maestro les estuvo lavando los pies?

Me di cuenta de que es un acto de humildad y obediencia. Me di cuenta que una persona, pudiendo darse cuenta o no, estaba haciendo un acto de humildad, mostrando un corazón conforme a Dios. El lavado de los pies sirve como recordatorio del deber de tener amor, santidad, humildad, perdón y servicio. Es un acto de obediencia, sumisión, sujeción a Él.

El lavarse los pies para nosotros es un asunto personal y el momento donde nos lavan los pies es un hecho inusual. Pero en el mundo antiguo, era parte de dar la bienvenida y hospitalidad y se practicaba a todo nivel social. La gente usaba sandalias o nada, como resultado, sus pies se ensuciaban de lodo y mugre.

En las casas con dinero, había un sirviente de menor rango que realizaba esas tareas. Es exactamente como limpiarse los pies en la entrada de la casa, o como algunos europeos hacen, sacarse los zapatos y dejarlos fuera.

Cuando Jesús agarró una toalla y empezó a lavar los pies de sus discípulos, era algo que no esperaban. Ahí estaba su maestro lavándoles los pies. Jesús quiso hacerlo como ejemplo de la clase de actitud que nosotros debemos tener. Es un acto de humildad.

En su cultura, el servicio y la humildad eran detestados; eran como atributos de buenos esclavos. Mostrar humildad era una debilidad. La posición de un hombre en la sociedad era el reflejo de su control e influencia sobre otros. Ver a Jesús, su maestro, realizar el trabajo humilde de lavar los pies, completamente puso al revés su sistema de valores. De la acción de Jesús nosotros vemos que la humildad y el servicio es un requisito para la salvación.

Por lo tanto vemos que no se trata solamente de servicio y humildad, sino también del deseo a entregar nuestras vidas por nuestros hermanos tal y como Cristo lo hizo. Sus actos lo estaban presagiando.

Juan 13:6-7: “Cuando llegó a Simón Pedro, este le dijo: Señor, ¿tú me lavarás los pies?  Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora, pero lo entenderás después.”

Lo que estaba haciendo Cristo está muy claro ahora para nosotros, pero no lo estaba para los apóstoles entonces.

Esa noche, la cena fue muy especial. Había en la atmósfera un aire a santidad que no quería dejarnos ni un solo instante. No lo sé, no podría explicarlo claramente.

Sentados alrededor de la mesa, comiendo en silencio, esa cena nos pareció la más importante de todas las cenas que hemos tenido en nuestra vida. Intentamos vivir muy intensamente lo que significaba la venida de Dios al mundo, su inmenso amor que hizo que muriese sobre la cruz para salvarnos.

De repente, aquél a quien estábamos celebrando se puso delante de nosotros. ¿Pueden imaginar cómo nos sentimos? Dios mismo estaba parado frente a nosotros, mirándonos. Su ternura y amor nos envolvió inmediatamente mientras que Él se inclinaba hacia nosotros. Luego, se arrodilló y dijo: “Te escogí a ti para lavarte tus pies porque te amo”.

No podía creerlo, Dios estaba frente a mí, de rodillas. Me sentí totalmente avergonzado hasta que mis ojos se encontraron con los de Él. Tocó mis pies, los sostuvo en sus fuertes y cálidas manos y los lavó.

Todavía puedo sentir el agua corriendo por mis pies. Todavía puedo sentir sus manos sobre ellos. Todavía puedo ver su mirada en mis ojos. Luego, mientras secaba mis pies con la toalla me dijo: “Así como yo lo he hecho contigo, tú debes hacerlo con los demás. Aprende a inclinarte. Aprende a arrodillarte. Aprende a que tu amor y ternura envuelve a todos los que te conocen. Lava sus pies no porque tú lo tengas que hacer sino porque tú quieres hacerlo”.

“Así como yo lo he hecho, tú debes hacerlo”. Esas palabras permanecieron por siempre en mi corazón, sonando una y otra vez. Entonces le dije: “Hay muchos pies por lavar”.

“No”, contestó suavemente. Sólo están mis pies. Lo que tu hagas por ellos, lo harás siempre por mí.

¿No es una excelente descripción del por qué Jesús lavó los pies de sus discípulos? O mejor aún, ¿el de todos sus hijos? Este acto de humildad y amor nos muestra que aun con el cargo que él tenía, se humilló para demostrarnos que no importa el puesto de trabajo que tengamos, o el grado de estudio, o el nombre o apellido que poseamos, igual debemos mostrarnos humildes ante todos, y no solo mostrarnos, sino tener un corazón humilde y conforme al de Dios.

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