Humanidad & Deidad: La Cristología a la Luz del Evangelio de Juan

No vamos a tratar aquí detallada y descriptivamente la naturaleza absoluta de Dios, sino que vamos a enfocarnos principalmente en las simples declaraciones sobre la naturaleza verdadera de Dios y desde ese enfoque ver la humanidad y la deidad de Jesucristo, tal y como está descrita en las Escrituras, específicamente en el Evangelio de Juan.

​En Juan 4:24, Jesús declara que “Dios es Espíritu”. Dios no es un ser físico al cual lo podemos destinar a algún espacio finito, no está sujeto a lo material ni a lo temporal, es infinito. Ocupa tanto un microscópico átomo como lo finito del planeta tierra y las infinidades de las galaxias.

Al mismo tiempo que Jesús le declara a Felipe en Juan 14:9 que “el que me ha visto a mí, ha visto al Padre”, añadiéndole a esta declaración lo que dice Juan 10:30; “Yo y el Padre uno somos”, podemos concluir que Jesús tiene igualdad de esencia con el Padre. A través de todo el Evangelio de Juan, podemos observar que Jesús hace notar que ambos, Él y Dios son uno. En Juan 17:5 encontramos la siguiente afirmación, “Y ahora, glorifícame tú, Padre, junto a ti, con la gloria que tenía contigo antes que el mundo existiera” (énfasis del escritor). Podemos observar aquí que Jesús afirmó que antes de la existencia de todo, el mundo y la creación, él estaba junto al Padre. Esto nos enseña la preexistencia de Jesús antes de su encarnación, lo que significa que, antes de que él hubiera nacido y obtenido el nombre de Jesús, ya existía antes de su nacimiento, pero para poder llevar a cabo la obra de redención del Padre y ser el “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29) tenía que encarnarse y obtener un cuerpo de carne y hueso. Esto quiere decir que Jesús el Hombre tuvo un principio como ser humano por causa de su nacimiento.

​En la teología cristiana se conoce un concepto llamado Kenosis, la cual es conocida como “el vaciamiento de la propia voluntad para llegar a ser completamente receptivo a la voluntad divina de Dios.” Este concepto deriva de lo que dice Filipenses 2:7, “sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres”. Un comentario que nos revela mejor este tema es el siguiente:

 

“Este auto despojo permitió la adición de la humanidad y no implicó la substracción de Su Deidad en ninguna manera, ni el uso de los atributos de la Deidad. Hubo un cambio de forma pero no del contenido del Ser Divino. El no renunció a la deidad ni al uso de esos atributos; Él agregó la humanidad. Y esto para poder morir. Isaías lo dijo en esta manera: “derramó Su vida hasta la muerte” (Isaías 53:12)” (Ryrie: 2003: 297)

A lo largo de toda la Biblia, inclusive en el Antiguo Testamento, podemos encontrar referencias de que Jesús, el Hijo de Dios, existió mucho antes de su nacimiento y antes de la creación de todo. En Salmos 2:12 dice: “Honrad al Hijo para que no se enoje y perezcáis en el camino”. Para profundizar un poco más sobre la preexistencia de Jesús, en Miqueas 5:2 encontramos el siguiente versículo que afirma que Jesús era, y es el Hijo de Dios, “Pero tú Belén Efrata, aunque eres pequeña entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que ha de ser gobernante de Israel. Y sus salidas son desde tiempos antiguos, desde los días de la eternidad”. En Génesis 18, cuando Dios le promete a Abraham el nacimiento de Isaac, leemos que “alzó sus ojos y miró, y he aquí tres varones que estaban junto a él”. Haciendo referencia con la profecía del profeta Miqueas de que “sus salidas son desde tiempos antiguos”, observamos que el Hijo de Dios ya existía y ya había estado antes en la tierra. Leemos también en Génesis 1:26 que Dios dijo, “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (énfasis del escritor). ¿Por qué Dios usaría la palabra nuestra en este caso? Como se conoce, Dios es Dios Padre, Dios Hijo, y Dios Espíritu Santo. En este caso, Dios usó el plural para demostrar que Jesús, el Hijo de Dios, ya existía desde el principio, y que creó al hombre a semejanza Suya. Somos imagen y substancia de Jesús, y por ende de Dios Padre.

​Claramente se ve en los relatos de los Evangelios que Jesús pasó por cada una, sin saltar ninguna, de las experiencias normales de todo ser humano, excepto el pecado. Nació de madre humana (Mateo 1:18), creció en sabiduría y en edad (Lucas 2:52), padecía hambre (Mateo 4:2), sed (Juan 19:28), cansancio, comía, dormía, se afligía y se gozaba en Su espíritu y en Su alma, lloraba (Juan 11:35), se cansaba (Juan 4:6). Fue tentado por el diablo, pero sin ceder a la tentación (Mateo 4:1-11), y como Siervo de Dios, vivía una vida plena, caracterizada por la oración y la fe (Juan 17:1-26). Al final murió (Juan 19:17-30), y fue sepultado (Juan 19:31-42).

​Es importante recalcar que la relación entre el Hijo y el Padre no tuvo un principio, sino que se ha dado desde siempre, desde antes de la fundación del mundo. La idea de que Cristo fue en parte Dios y en parte Hombre es una ideología errada, debemos convenir lo revelado en la Biblia, la plena divinidad de Jesús y su perfecta humanidad. Juan 1 dice que “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios”.

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