La puerta del calabozo

Alfred tiene nueve años y recorre las calles de Londres con una nota que lleva apretada en la mano mientras su corazón se le sale del pecho de puro temor. No ha leído la carta pues su padre se lo ha prohibido. No sabe cuál es el mensaje pero conoce el destino. La estación de policía.

Hay jovencitos que se emocionarían con un viaje a la estación de policía, pero Alfred no es uno de ellos. Por lo menos, hoy no. El motivo de su visita no era placer sino castigo. Alfred no llegó a su casa a la hora en que debía y las diversiones del momento le hicieron olvidar su deber, así que llegó tarde y metido en líos.

Su padre era tan disciplinado y estricto, que se encontró con Alfred en la puerta de la entrada y, sin saludarlo, le dio la nota y esta instrucción: “Lleva este papel a la comisaría”. Alfred no tenía ni idea de lo que le esperaba, pero temía lo peor.

Los temores demostraron ser fundados. El oficial, que era amigo de su padre, abrió la nota, la leyó y asintió con la cabeza. “Sígueme”. Condujo al jovencito atónito a una celda, abrió la puerta y le dijo que entrara. El oficial la cerró con un solo golpe seco. “Esto es lo que le hacemos a los muchachos que se portan mal”, le explica sin más mientras apaga la luz del pasillo y se aleja.

Alfred siente pánico mientras empieza a reflexionar en la única conclusión posible de su suerte: Ha traspasado la línea demarcada por su padre. Ha agotado por completo su suministro de gracia. Ha gastado el repertorio de misericordia y por eso su padre tuvo que mandarlo al calabozo. El joven Alfred no tiene razón alguna para creer que volverá a ver a su familia.

Estaba equivocado. La sentencia carcelaria duró apenas cinco minutos, pero esos cinco minutos fueron para él como meses. Alfred nunca olvidó esa experiencia. El portazo de la reja al cerrarse aquella noche, como solía relatar a la gente, se quedó con él durante el resto de su vida.

Alfred Hitchcock nunca comprendió la razón de esta broma siniestra que su padre le proporcionó de adolescente.

Lleno de culpa. Temeroso de haber decepcionado a su padre. Con miedo de no ver nunca más a su familia. Melancolía de los desayunos de su madre. Añoranzas de jugar con sus amiguitos del barrio. Privado de su libertad. Libertad… Libertad… Libertad…

Retumba esa palabra en el calabozo. LIBERTAD… LIBERTAD… Desesperanzado, abatido y desalentado con la vida. Siente un peso sobre sus hombros. No sabe qué decirle a su padre para que lo perdone, o cómo podría dirigirse a él y mirarle al rostro siendo que lo defraudó. El joven se abandona en el fracaso de su relación con su padre, ocasionado por él mismo.

¿No te parecen conocidos estos sentimientos? Culpa. Derrota. Abatimiento. Desánimo. Desaliento. Temor. Miedo. Decepción. Privado de libertad.

En el calabozo de tu mente muchas veces habrás escuchado eso. O habrás luchado con esos sentimientos. De la misma manera que Alfred sintió miedo y temor cuando cerraron la puerta del calabozo, el miedo te inundó al pensar escuchar el portazo en tu celda. La última gota de gracia y misericordia. Y los sentimientos te inundan pensando que le defraudaste tanto a Dios que ya no hay amor ni perdón para vos.

Es muy probable que alguna vez en tu vida te hayas sentido así. ¡YO SÍ! Muchas veces, pero la Biblia nos dice otra cosa:

Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir,  ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro. (Romanos 8:38, 39)

¡Increíble! No hay nada ni nadie que nos pueda separar del amor de Dios. Estos versículos son como si un tractor hubiera quitado todo un montículo de tierra que estaba sobre nosotros. Un alivio total. Un gran peso fuera.

A pesar de todas las cosas que puedas hacer durante toda tu vida, el amor de Dios no te deja. Él siempre está ahí, aprobando o desaprobando lo que hagas, pero amándote incondicionalmente. Claro que toda acción tiene una reacción, y las consecuencias de nuestros actos, tarde o temprano vamos a pagarlos.

No existe un sólo día de tu vida sin que hayas recibido del amor de Dios. ¿Esas tantas veces que huiste de Cristo? Él te amó entonces. Te escondiste pero Él vino a buscarte. Aunque le pertenecías decidiste pasar un buen momento con malas compañías. Actuaste de una manera poco decente, te embriagaste, cediste a la presión del grupo. Maldijiste su nombre cuando alguien te preguntó si eras cristiano. Dios te permitió oír el canto de gallo de tu conciencia y sentir el ardor de las lágrimas, pero nunca se apartó de ti. Tus negaciones no pueden disminuir su amor.

NADA PUEDE SEPARARTE DEL AMOR DE DIOS

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